Maternidad infantil forzada

Una niña siempre es una niña, en cualquier contexto, en cualquier lugar, en cualquier circunstancia. A pesar de sus dolores, alegrías, necesidades, sus trayectos de vida, sus experiencias, sus “juntas”, sus acciones, sus rebeldías, sus historias, una niña siempre es una niña.

Una niña debería poder desarrollar su vida con seguridad y afecto, experimentar, aprender, crecer, equivocarse, divertirse, enamorarse, amar, desear, estudiar, tener amigos, aburrirse, soñar..

Muchas niñas viven en contextos de extrema desigualdad, sufren múltiples formas de violencias, abandonos, soledades, carencias, ausencias

Saliendo del romance y la idealización de esta etapa, sabemos que muchas niñas viven en contextos de extrema desigualdad, sufren múltiples formas de violencias, abandonos, soledades, carencias, ausencias, que generan fuertes barreras para que ellas puedan gozar de sus derechos inalienables, indivisibles e irrenunciables.

Múltiples son las propuestas, programas y acciones que se desarrollan desde distintas instituciones tanto públicas y privadas para la restitución de esos derechos, para promover el fortalecimiento de las niñas como sujetos de derechos, de generar estrategias de protección frente a las violencias, apoyos múltiples frente a las carencias, entre otras.

Sin embargo nuestras niñas y adolescentes son sometidas a múltiples formas de violencia, en especial violencias de género que hipotecan sus vidas, que las condena a una sobrevivencia en condiciones inaceptables para cualquier niña o adolescente.

Dentro de las diferentes formas de violencias basadas en género quiero llevar la atención al embarazo y la maternidad forzada producto de relaciones de pareja abusivas, de situaciones de explotación sexual, incesto o abuso sexual intrafamiliar, en especial en la etapa de la infancia, aunque también es importante levantar la mirada hacia toda la etapa de la adolescencia.

Según un estudio regional de CLADEM, el embarazo infantil forzado se define cuando una niña menor de 14 años, queda embarazada sin haberlo buscado o deseado y se le niega, dificulta, demora u obstaculiza la interrupción del embarazo. Este estudio plantea que la mayoría de los embarazos infantiles son resultado de violencia sexual, ejercida por integrantes de la familia (abuso sexual incestuoso), conocidos, vecinos o extraños, a diferencia de lo que sucede en los embarazos de las adolescentes entre los 15 a 19 años, que pueden ocurrir con mayor frecuencia como consecuencia de la iniciación sexual temprana.

En Uruguay, 7951 nacimientos se dan en madres de entre 10 y 19 años

Asimismo la Organización Panamericana de la Salud (OPS) ha estimado que entre el 11 y el 20% de los embarazos en niñas y adolescentes son resultado de violencia sexual. En el mismo sentido se ha pronunciado el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) señalando que el embarazo en adolescentes y niñas menores de 14 años tiene también una estrecha relación con la violencia sexual. Estos embarazos son en su mayoría no deseados y afectan en mayor medida a grupos vulnerables y desprotegidos, además, cuanto más joven es la niña o adolescente que inicia su vida sexual, más probable es que esto suceda de manera forzada.

En Uruguay el 16% de nacimientos se da en madres de entre 10 y 19 años, representando un total de 7.951 nacimientos. De este total 169 fueron gestados por niñas menores de 15 años, según datos del Ministerio de Salud Pública en 2014. En 2016 ocurrieron 123 nacimientos de madres que tienen de 10 a 14 años y 74 abortos lo que representa un total de 197 embarazos en esta franja de edades. Para esta cartera los embarazos y nacimientos en niñas menores de 14 años están relacionados con una maternidad infantil forzada, producto de una explotación sexual o de abuso.

Es importante hacer visible la existencia de parejas entre niñas o adolescentes y adultos con varios años de diferencia de edad; a veces 7, 10 o 15 años y más. En general ocurren en contextos de desigualdad socio económica (esto no implica que no sucedan en otros contextos) pero prevalecen en aquellos de extrema pobreza o exclusión, donde las adolescentes vienen de trayectorias de vida signadas por las carencias, ausencias y violencias y esta pareja representa una suerte de salvoconducto para salir de ciertas realidades que producen sufrimiento. Esto representa un abuso de las condiciones de vulnerabilidad y aprovechamiento de las necesidades de las adolescentes.

En una pareja entre una adolescente y una persona adulta con más de diez años de diferencia no es posible garantizar un vínculo basado en la libre elección y en el consentimiento mutuo dado que existen múltiples asimetrías tanto de edad, de maduración, desarrollo, asimetrías en las experiencias de vida, en la autonomía física y económica, entre otras, lo que no garantiza una elección libre y consentida.

Las estrategias de coerción y manipulación pueden ser diversas logrando que las adolescentes sientan el deseo de convivir, formar una familia y tener hijos con estos abusadores sexuales; la mayoría de las veces manifiestan estar enamoradas y haber elegido esta relación. Otras parejas se forjan en el continuo de abusos sexuales durante la infancia de la adolescente. Existen casos en que los padrastros inician el abuso sexual durante la infancia de su hijastra para posteriormente transformar ese vínculo en una relación de noviazgo y convivencia. Es importante poder rastrear el origen de la conformación de las parejas cuando existen más de 10 años de diferencia de edad.

Una practica revictimizante y negligente que produce iatrogenia es preguntar a la niña si desea continuar su embarazo

En estos contextos, los casos de embarazos deben ser considerados y tratados como una emergencia médica, que produce daños profundos y barreras muy importantes para el desarrollo de las niñas y se debe promover su interrupción. Es fundamental que los profesionales, de diversos sectores cuenten con herramientas para abordar estas situaciones como un problema de salud física y mental para esas niñas y habilitar con sus prácticas que se establezcan las condiciones para una interrupción inmediata.

Una practica revictimizante y negligente que produce iatrogenia es preguntar a la niña si desea continuar su embarazo, mostrarle la imagen del feto en la ecografía y hacer que escuche el latido del corazón.

Si bien es deseable que la interrupción sea acordada con la niña (salvo riesgo de salud) esta práctica puede obstaculizarse o habilitarse y eso va a depender de nuestras acciones, de nuestras imposiciones y nuestras convicciones. El planteo debe ser que el embarazo en estas condiciones produce daño para su vida, que la responsabilidad de haber llegado a esta situación es del adulto que abusó sexualmente de ella y que el equipo médico va a apoyarla y acompañarla y recomienda la interrupción.

Es importante que la niña víctima de violencia sexual no cargue con la decisión, dejándola sola con el peso milenario de una sociedad que condena a las mujeres que rechazan la maternidad, a las mujeres que reconocen no poder hacerse cargo de un hijo o hija y buscan cuidados alternativos o a quienes ven en la maternidad un problema, un daño o una barrera para su desarrollo.

La definición debe estar claramente dada por el equipo de salud y se debe buscar la aceptación de la niña minimizando cualquier pensamiento culpabilizante que pueda interferir en la aceptación de la interrupción.

Una niña siempre es una niña, no es compatible la maternidad y la infancia.

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